Sor Isabel Guerra pintó para los más jóvenes una sorprendente Inmaculada con técnicas digitales

(Cari Filii) Una obra muy pegada a su tiempo, pues para realizarla Isabel Guerra cambió los pinceles y óleos por un teclado, un ratón y programas de creación digital. El resultado, una pintura digital de 1,95 metros de altura que representa a María Inmaculada actualizada con todos sus símbolos. Una pintura que sigue la obra más reciente de la autora, que pretende, según reconoce a La Razón, que «los jóvenes vean en María Inmaculada un prototipo para la juventud, lo contrario del «todo vale» que les dice la sociedad».

Lo primero que llama la atención de la obra es su técnica digital, que, según reconoce la propia Guerra, «es una herramienta al servicio del arte, de las artes plásticas, del dibujo, como lo fue en su día el óleo o el carboncillo». «Es fascinante, tiene muchas posibilidades y me da la oportunidad de ser muy creativa», añade.

Así, la religiosa presenta a la Inmaculada como una mujer jovencísima, casi adolescente, según ella misma dice, «con una mirada de gran trascendencia, limpia y que nos eleva, nos invita a mirar nuestra vida con la esperanza de la fe». Y es que, apunta, «nuestra vida es mucho más de lo que vemos, pero también en todo lo que vemos está presente Dios». Así describe su obra: «Vemos una joven asunta al cielo, con túnica blanca, con un fondo muy texturado, muy actual. La Virgen tiene una media luna a los pies, que es uno de los símbolos principales de María Inmaculada, pero también algo más característico si cabe que son las 12 estrellas pero representadas de manera informal, atípicas, estilizadas...».

Como religiosa y artista, Guerra defiende que el arte acerca a Dios porque «descubre valores del espíritu, porque entramos en reflexión con el entorno, con nuestro yo; porque nos interpela y toca el espíritu, descubrimos que tenemos alma y este descubrimiento nos lleva a Dios». Y tiene pruebas de ello: «En una de mis exposiciones, un joven se acercó y me dijo «me gustan tus cuadros porque me hacen ser mejor cristiano». Y es que los jóvenes no están tan lejos de la fe, ¡están hambrientos de la palabra de Dios! ¡Necesitan valores y a alguien que se los dé! Alguien que les aporte espiritualidad, trascendencia, silencio... Hay que ser valientes para ofrecérselo».

Aunque su pintura no es habitualmente religiosa, intenta dar un mensaje de luz, en línea con lo que vive en el monasterio del Císter, donde hay mucha luz. «Quiero transmitir la idea de que hay Alguien que habla en nuestro interior, que hay Algo más allá que no está lejos, está cerca en nuestro interior. Les propongo serenidad, silencio, oración. Y todo a través de lo cotidiano, de personas, ambientes cotidianos», añade.

Finalmente, añade que descubrió tanto su vocación religiosa como artística cuando tenía 12 años. Coinciden en ella, pero son independientes: «Lo que está claro es que Dios da herramientas para la vocación y para el trabajo. Eso sí, dentro de la vida monástica es muy fácil pintar. De hecho, San Benito en su regla ¡ya pensó en mí! Pues tiene dedicado un capítulo a las artes. El monasterio es un caldo de cultivo para las artes por el silencio, la armonía y la serenidad. Y esto de siempre, porque la vida monacal ha sido un foco de cultura».

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