Llegó en patera desde Nigeria y hoy sirve como sacerdote en la diócesis de Cartagena-Murcia

(Diócesis de Cádiz y Ceuta) Se embarcó, como otros cientos, en un largo viaje hacia Europa con el sueño de ser abogado. Sufrió el maltrato de las mafias y vió morir a su amigo: Cuando, estando en la patera por el estrecho, le sorprendió una tormenta, hizo la promesa a Dios de ponerse a su disposición si vivía. Superó la tormenta … y olvidó su promesa hasta que, a través de distintas señales, Dios le hizo ver su vocación como sacerdote. Kenneth Iloabuchi, natural de Nigeria y sacerdote en Murcia concedió una entrevista a la Oficina de Prensa del Obispado de Cádiz y Ceuta tras compartir su testimonio ante los jóvenes participantes en el Encuentro Diocesano de la Juentud (EDJ).

Usted tenía unos planes… y vino Dios y se los cambió y esa es su felicidad. Éste podría ser un resumen de su intervención en este encuentro diocesano de Jóvenes ¿Dios no para hasta hacernos ver su voluntad? Y si es así, ¿estamos dispuestos a aceptarla?

Estoy convencido de que Dios tiene maneras de llegar a los jóvenes. Lo que ocurre es que, en un mundo lleno de ruido, muchas veces, tapamos los oídos porque no tenemos ganas de escuchar a Dios; pero como en los tiempos antiguos, Dios sigue hablando a los hombres. Hoy he intentado llamar la atención de los jóvenes y decirles que verdaderamente somos instrumentos para transmitir el amor y la misericordia de Dios, ya que estamos celebrando el año de la Misericordia, en un mundo donde el hombre está cansado, no ve el sentido de su vida, el hombre esta llamado a reconfirmar su fe en Dios y a confiar más plenamente en Aquel que nos ha dado la vida. Creo que los jóvenes están dispuestos a dar la vida por Cristo. Para mi esta intervención ha sido ocasión de dar muchas gracias a Dios. Han venido muchos jóvenes a este encuentro y espero que el fruto de este día no se quede aquí sino que se extienda a aquellos que no han podido acudir.

En esta misma línea, se habla mucho de vocación pero sobre todo, de la crisis vocacional. Usted que pareció «olvidar» que Dios quería algo de usted ¿qué responde ante esta realidad?

En primer lugar, me gusta repetir lo que decía San Juan Pablo II a los jóvenes «No tengáis miedo, abrid de par en par las puertas a Cristo»; ¿Qué significan estas palabras?

En nuestra sociedad, donde hay muchas posibilidades, el hombre primero tiene sus planes ¿qué es lo que me interesa? ¿me va a favorecer?¿Voy a sufrir?… Intentamos evitar siempre el sufrimiento, es lógico. Ser sacerdote, misionero, también conlleva sufrimiento porque es dar la vida por los hermanos, ahora bien, es apasionante porque no eres tu el que está llevando a cabo esta obra sino el mismo Cristo que trabaja en nosotros.

Cuando hablamos de crisis vocacional, creo que España tiene una gran suerte de contar con seminaristas, comparando con los países de Europa. Yo animo a los jóvenes a que no tengan miedo, porque es verdad que vemos poca gente que va a la Iglesia, o que va a la Iglesia pero que parece que la palabra de Dios no cala… a mi me gustaría terminar con esas palabras de Cristo «Venid a mi, los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré».

Usted llegó a nuestro país como uno de esos miles de inmigrantes que se juegan la vida cada día, en un momento crucial, como el que está viviendo Europa y en el que se necesita una respuesta generosa ¿Cómo abordar de manera cristiana la llegada de cientos de miles de personas?

La cuestión de los inmigrantes que dejan sus casas para ir a otros lugares es muy importante en la vida de la iglesia. Voy a ser muy sincero en este tema: es muy difícil porque, es verdad que habrá algunos que se quejan de que están llegando gente, que vienen y pueden crear problemas. Pero hemos de ver estas cosas bajo la luz del Evangelio, no es que yo lo diga por el hecho de ser un inmigrante. Todos, cada ser humano, somos inmigrantes ¿Sabes por qué? Porque un día dejaremos la tierra y moriremos, y marcharemos a otro lugar.

Hemos de mirar lo que ha sucedido en España y otros países del primero mundo. Ha habido épocas en los que han sufrido y algunas personas abandonaron su país, por ejemplo, desde España hacia Alemania o Suiza, abandonaron sus países, emigraron para llevar adelante sus familias. Hablamos de una inmigración organizada donde podemos ir y venir libremente para buscar una vida mejor. Los inmigrantes no abandonan sus lugares, casa, hermanos, familia, para estar apartados en otro sitio. Han dejado todo eso porque algo está pasando. Yo quiero mirar también desde la luz del Evangelio, Cristo mismo fue inmigrante y tuvo que abandonar su casa con su madre y su padre y marchar a Egipto y luego regresaron.

Por mucho que pongamos vallas, si no atacamos el problema fundamental de estos inmigrantes estamos construyendo unas murallas que serán como las murallas de Jericó, que cayeron ante las canciones y oraciones. Por muchas vallas que se pongan las seguirán atravesando, la historia nos lo enseña, vemos lo que está pasando en las fronteras. Vamos a ver por que dejan estas personas sus lugares para venir aquí ¿podemos mejorar su situación allí? Si los gobiernos tuvieran programas que puedan beneficiar a estos inmigrantes para que no tengan que abandonar estos lugares y que vengan aquí mejor para ellos. Por ejemplo, por la corrupción de los gobiernos con la colaboración de los gobiernos de aquí, porque cuando roban a su pueblo lo traen a bancos europeos, o si hablamos del tráfico de armas, donde el negocio se pone por encima de Dios, de la vida del hombre…

Trabajemos para atacar los problemas que tienen estos inmigrantes y después construir una sociedad donde puedan venir de forma coordinada, que puedan estar un tiempo y volver a su país libremente, hacer un mundo de «turistas» donde visitamos un sitio y pueden volver a su casa.

Usted ha terminado su intervención mostrando a los jóvenes la dura realidad que está ocurriendo en muchos países: esa persecución cruenta, repetida y a la vez olvidada, contra los cristianos ¿Cómo vive, desde aqui, esta realidad tan dura?

Esa es la cuestión. Muchas veces cuando estoy sólo estoy como aquella frase de Cristo camino de la cruz, «Mujeres no lloréis por mi, llorad por vosotras y por vuestros hijos». Y eso ha cruzado la frontera. En estos últimos años no estamos hablando de los terroristas sólo en esos países, porque, poco a poco, los fundamentalistas, los terroristas están aterrizando en Europa.

Si tapamos nuestros oídos y nuestros ojos y seguimos viviendo como si no ocurriese nada, nos engañamos a nosotros mismos. Lo que ocurre en Nigeria hoy con los cristianos perseguidos, en Irak, Siria… y en otros países del mundo, puede suceder perfectamente en España o en otros países de Europa. Como ha sucedido en Bélgica o París. Lo único que pido es la oración, que es fundamental. Podemos reconstruir las iglesias, hacer más cosas, intentar animar a la gente, pero si Dios no nos regala la paz volverán los terroristas y volverán a quemar las iglesias y echar a las gentes de sus casas. Quizás pasamos de lado porque no hemos perdido un hermano, una hermana o un familiar, que no sea así con nosotros que construyamos un verdadero espíritu de solidaridad: si ellos sufren, yo sufro con ellos; si están alegres, estoy alegre con ellos… Espero esta respuesta de la gente y sobre todo la oración

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