La vocación consagrada



No se puede hablar de qué vamos a hacer con nuestra vida, especialmente en la adolescencia, sin hacer una referencia a la vocación a la virginidad o al celibato. A la hora de decidir el futuro, cualquiera sea éste, no podemos prescindir de que Dios nos pide que nos entreguemos plenamente y sin reservas a Él y que eso es válido para cualquier persona, en cualquier estado de vida. Nunca olvidemos que lo que Dios quiere es siempre lo mejor para nosotros, nuestra plena realización personal, y que si tenemos vocación religiosa o sacerdotal, lo mismo que si pensamos que nuestro camino de plenitud humana es el matrimonio, en ningún sitio nos realizaremos mejor como personas, ni seremos más felices, que haciendo esa voluntad y entregándonos totalmente a Aquél que nos ama desde toda la eternidad.


En una perspectiva cristiana distinguimos entre virginidad como castidad prematrimonial y virginidad como elección libre para toda la vida. La sexualidad es un don de Dios que hemos de integrar plena y gozosamente en nuestra realización personal. En el Cristianismo se considera que sólo el amor a Dios, al prójimo y a nosotros mismos, da sentido y es la meta de la vida humana, incluyendo por supuesto toda la vida sexual. La castidad o virginidad del adolescente y del joven debe suponer una apertura y disponibilidad tanto para el celibato como para el matrimonio, ambos entendidos como vocación procedente de Dios que invita a seguirle. Todos hemos sido llamados al amor y en consecuencia a la santidad, pero ésta puede realizarse tanto en el matrimonio, que recordemos es un sacramento y en consecuencia un modo de encuentro con Dios, como en la virginidad o celibato, que son simplemente otros modos y aspectos distintos de realizar una vida cristiana.


La que llamamos habitualmente vocación religiosa o sacerdotal, está constituida en su esencia por la decisión, plasmada con toda propiedad en el voto religioso de castidad, de abstenerse para siempre del trato sexual y del deleite que éste lleva consigo, a fin de entregarse más plenamente al servicio de Dios y de los demás.


Decimos que una persona quiere realizar la castidad perfecta cuando se propone la completa abstinencia del placer venéreo por causa del amor de Dios. La vida consagrada es, o al menos debe ser, un constante y prolongado acto de amor. Este amor, que es un don de la gracia divina, debe ser el único motivo decisivo que induce a escoger esa vida. Supone por tanto la libre renuncia a los actos sexuales genitales, pero no a nuestra personalidad sexuada ni a nuestra sexualidad psicológica que, como forman parte de nuestro ser, son irrenunciables, pues se sigue siendo plenamente varón o mujer.


La virginidad permanente es una elección típicamente cristiana. En modo alguno niega la propia sexualidad, sino que atestigua que la persona puede conseguir su madurez personal sin activación genital de la sexualidad. Si uno se siente llamado por Dios a la virginidad, acepte alegremente esa llamada, de la que los Evangelios, San Pablo y la Iglesia nos dicen supone una especial predilección de Dios. El evangelio nos narra la llamada de Jesús a dos publicanos, Zaqueo (Lc 19,1-9)) y Mateo (Mt 9,9). A Zaqueo le hizo quedarse en su casa, al otro le hizo su apóstol. Creo que Mateo fue objeto de una especial predilección de Dios. Si alguien sospecha que Dios le llama como a Mateo, pidiéndole que le consagre su vida, no crea que eso es una faena, sino que lo que indica es que Dios, aunque no lo entienda y le parezca increíble, ha puesto su confianza en él. No le fallemos.


La razón fundamental de esta vocación está en la donación y entrega de sí mismo, en el amor. Como Cristo se entregó totalmente al servicio del Reino de Dios, quien está dispuesto a consagrar su vida entera al servicio del Evangelio, puede renunciar al matrimonio y a la familia. Lo esencial es que estas personas sigan siendo capaces de amar afectuosamente a los demás. Todos somos limitados y no hay efectos negativos en el verdaderamente virgen, pues la continencia sexual, incluso involuntaria, no es algo patológico, como lo prueba la experiencia en gran escala de tantos prisioneros de guerra. En cambio la lujuria, la represión y la amargura hacen estragos. El creyente debe buscar qué es lo que Dios espera de él, pues es lo mejor para él, ya que lo que Dios quiere de nosotros es que nos desarrollemos plenamente como personas. Y que es un camino plenamente válido lo muestra el ejemplo de tantos santos, que han logrado alcanzar una enorme categoría humana.


Pedro Trevijano



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